Por Gabriela Cerruti para Infobae
El siglo XXI ya no pertenece a los jóvenes: el poder, las elecciones y las decisiones globales están en manos de quienes mejor aprendan a envejecer. El desafío de las sociedades longevas será seguir siendo productivas sin sacrificar la equidad
Las distopías del cine nos muestran un mundo superpoblado de zombies. Los datos demográficos anuncian otro escenario: el planeta será conquistado por millones de hombres y mujeres de cabellera blanca. Ese cambio, silencioso y profundo, está transformando las democracias, las economías y la forma en que las sociedades imaginan el poder.
Durante décadas, la juventud fue sinónimo de futuro. La política y la publicidad se construyeron sobre la promesa de lo nuevo, de lo veloz, de lo que viene. Pero en el siglo XXI, la pirámide demográfica se dio vuelta: en Europa, en Asia, y pronto en América Latina, los mayores de 50 ya son mayoría, también al momento de votar y de ejercer cargos de gobierno. El poder envejece y, con él, el mundo.
La longevidad se ha convertido en un nuevo factor de poder —y de vulnerabilidad— en la escena global. El mundo se divide entre países con futuro demográfico y países con pasado extendido. Europa es el laboratorio político más visible de este fenómeno. Sus sociedades envejecidas son, al mismo tiempo, las más democráticas, las más equitativas y las más vulnerables a la pérdida de dinamismo.

