¿Por qué planeamos una fiesta o un viaje pero no los próximos 40 años? Un manual para diseñar tu futuro hoy: desde entrenar para ser libre hasta achicar la casa para ganar independencia. Claves para blindar tu autonomía económica y construir una red que te proteja de la invisibilidad
Hay un momento, alrededor de los veinte años, en el que tomamos una cantidad enorme de decisiones sobre cómo va a ser nuestra vida adulta. Dónde queremos vivir, de qué queremos trabajar, qué tenemos que estudiar, cómo imaginamos nuestra situación económica y cómo vamos a sostenerla. Con quién queremos compartir nuestros días, si vamos a tener hijos o no. Las respuestas pueden ir cambiando, podemos fracasar en los intentos, pero sabemos que la vida adulta se diseña. Son decisiones que se toman cuando todavía somos muy jóvenes y que, por décadas, marcarán casi todo nuestro recorrido.
Durante mucho tiempo se creyó que ese camino proyectado llegaba más o menos hasta la jubilación, alrededor de los sesenta o setenta. Después, descanso, retiro, cierre. Pero algo cambió.
Hoy nos dicen —y los datos lo confirman— que después de ese punto de llegada, se abren nuevos caminos. Vamos a vivir casi otra vida adulta completa: treinta, cuarenta años más. Una etapa entera que no estamos pensando, ni diseñando, ni preparando con la misma seriedad con la que pensamos la primera.
¿Por qué dedicamos meses a planificar un viaje, una boda o una fiesta importante y no invertimos tiempo ni energía en pensar cómo queremos que sea el período de nuestra vida que, de ahora en adelante, puede convertirse en el más largo de todos? Si vamos a vivir más, ¿no deberíamos también vivir mejor esos años?
Estas no son respuestas cerradas ni fórmulas mágicas. Son algunas reglas de oro —once, porque los decálogos son parte del siglo XX— que no pretenden ser definitivas. Todo está en construcción, todo se sigue pensando, porque la nueva longevidad es un descubrimiento cotidiano. Pero de algún lado hay que empezar.

